
Existencia y Dios.
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Marcelo i. m. - Pepa i. m.
(En todos los párrafos se precisan sus autores y fuentes).
LA RESURRECCIÒN SEGÚN LOS EVANGELIOS.
“Limitándonos a los textos escritos que poseemos, es preciso afirmar que tanto en las formulaciones más primitivas del credo cristiano como en las primeras liturgias, y en los relatos de los sinópticos se insiste, de manera unánime y como núcleo esencial de la fe, en que Jesús murió y que, contra toda esperanza humana, resucitó, y que se encontró personalmente con sus discípulos, fue visto y reconocido como verdaderamente vivo.
Los relatos que refieren las apariciones de Jesús resucitado son presentados en los evangelios sinópticos, en contraste con los relatos de la pasión, de manera muy distinta. Esta variedad puede resultar sorprendente en una primera lectura.
Veamos en síntesis esta diversidad respecto al género literario, número y sujetos receptores, lugar y tiempo de las apariciones.
Existen estos diferentes géneros literarios: apocalíptico (súbitas apariciones de ángeles, seres revestidos con blancas y deslumbrantes ropas, acompañamientos sísmicos y resplandores, reacciones de espanto); apologético (interés manifiesto por hacer ver la realidad corpórea de Jesús resucitado); polémico (defender el hecho de la resurrección contra la falsa acusación del robo por parte de los discípulos del cadáver de Jesús), histórico (el hecho cierto del sepulcro vacío).
En la parte "auténtica" de Marcos no se cuenta ninguna aparición, sólo se predice (16,7). En el evangelio de Mateo se narran dos: a las mujeres junto al sepulcro (28,9-10) y a los discípulos en un monte de Galilea (28,16-20). En Lucas, además de estas dos (situadas en diferente emplazamiento), se relatan otras dos más: a los discípulos de Emaús (24,13-35) y a los discípulos reunidos en Jerusalén (24,36-52).
La topografía es distinta. Unas apariciones tienen lugar en Galilea, tal como se anuncia en Mc (16,7) y Mt (28,7) y se narra explícitamente en Mt (28,16-20); otras acontecen en Jerusalén, como refiere Lc (24,13-35.36-52).
La cronología tambien es diversa. Marcos anuncia las apariciones para el futuro (16,7). Mateo ubica la aparición a las mujeres en la mañana de Pascua (28,9-10), y en un tiempo no determinado la aparición a los discípulos (28, 16-20). Lucas, en cambio, las congrega todas a lo largo del día de Pascua, incluida la ascensión (24,13.33.36.50).
Tan manifiesta variedad muestra que los evangelistas no se han preocupado por encuadrar los relatos de las apariciones en unas coordenadas espacio-temporales a fin de hacer concordar una historia plana y uniforme. Cada evangelio es fiel a su teología y no responde a una armonización externa. Marcos -ya se ha visto en la explicación del evangelio- insiste en la importancia de Galilea. Lucas considera a Jerusalén el centro del tiempo, y el lugar de la irradiación del evangelio. Mateo recoge ambas tradiciones (28, 16-20).
Estas divergencias señaladas atañen a los detalles redaccionales de cada evangelista, y evidencian que los relatos de las apariciones no son la información de una crónica, sino testimonios de fe. Y el testimonio es siempre el mismo y fundamental: Jesús, que había sido crucificado y había muerto, ha resucitado y se ha aparecido a los suyos. En este punto existe una coincidencia absoluta. Es lo que se afirma en el documento más antiguo del Nuevo Testamento y que refleja la fe de la Iglesia: que Jesús murió por nuestros pecados y fue sepultado, que resucitó y se apareció a los hermanos (Cf. 1 Cor 15,3-5).
Cada evangelio, según su estilo redaccional, así lo describe mediante la mención de mensajeros divinos, que asumen diversas representaciones. Resuena aquí la formulación kerigmática ( con la Buena Nueva y el Fundamento de la fe cristiana ) de la Iglesia primitiva. El ángel del Señor, con aspecto de relámpago y blanco como la nieve, afirma: "Sé que buscáis a Jesús, el Crucificado, no está aquí, ha resucitado" (Mt 28,5). Un joven vestido de blanco, declara asimismo: "Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí" (Mc 16,6). Dos hombres con vestidos resplandecientes, preguntan y luego confirman: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado" (24,5). Todos estos personajes son -conforme al uso bíblico- portavoces del mismo Dios, dan a conocer el enigma de la resurrección de Jesús. Este Jesús muerto ha sido resucitado por Dios [(el pasivo divino "egerthe” ,"ha sido resucitado" reclama esta acción exclusiva de Dios, matiz que nuestras modernas traducciones no reflejan adecuadamente) ; Juan 10, 17-18 establece que el poder del Padre es el poder de Jesùs (*)]; y el mismo Dios lo revela por sus intermediarios a los discípulos y a las mujeres, para que, creyendo en sus palabras, se conviertan en testigos de la resurrección. Además, la condescendencia divina les dará una confirmación a este anuncio: las apariciones de Jesús resucitado. Esta continuidad entre el Jesús crucificado y el resucitado nos libera de una tentación: creer que la resurrección es un milagro que desliga a Jesús de su vida y de su muerte ignominiosa. Esta separación puede acarrear la huida de la historia y de las duras exigencias de los compromisos de la cruz. Cuando Jesús muestra sus llagas (que la resurrección no ha logrado borrar) está recordando a sus discípulos lo que él fue y lo que hizo, por qué vivió y para qué murió, el precio de su amor y de su entrega: todo lo que tuvo que sufrir para llevar adelante la instauración del Reino de Dios entre los hombres. Jesús resucitado no es el Mesías de unos sueños de grandeza, sino el siervo de todos en el amor, quien, en pura obediencia al Padre, se entrega hasta una muerte en la cruz. Por esto Dios lo ha exaltado. La resurrección de Jesús no hace superflua su vida de entrega, sino que la potencia y consagra por toda la eternidad; para que, llena ahora de la fuerza de Dios, se libere de un espacio y tiempo concreto, y alcance a todos los hombres en un darse y servir por amor. Para la realización de tan inmensa tarea Jesús cuenta, aún más, necesita de unos testigos: la presencia de la Iglesia” cmfapostolado.org/recursos/pgapostolado/palamisi/html/html3/Tema07.htm
(*) “Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.” Jn 10,17-18
VIDA ETERNA-
La finalidad del hombre, como ser con necesidad y capacidad de amar, es la Bienaventuranza en la Vida Eterna.
Transcribimos textos bíblicos y los comentarios del Padre Jordi Rivero publicados en www. corazones. org sobre vida eterna. El sitio web es obra de Las Siervas de los Corazones Traspasados de Jesús y María.
Vida eterna es la participación sin fin de la vida divina.
Se trata de un don de Dios recibido por los méritos de Jesucristo en la Cruz
(Cf. Jn 13:14-15). Recibimos la vida eterna en el bautismo pero se puede perder por el pecado mortal. Quién muera en gracia vivirá para siempre según lo prometió el mismo Jesucristo.
En el cielo gozaremos para siempre en cuerpo y alma de la vida con Dios.
La fe en la vida eterna fue creciendo entre los judíos antes de Cristo, dándoles fuerza para mantenerse fieles en medio de tribulaciones.
II Macabeos 7:9 - "Al llegar a su último suspiro dijo: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna.»"
Aunque todos los hombres existirán eternamente, solo se le llama "vida eterna" a la vida de la gracia, no a la existencia eterna en el infierno.
Daniel 12:2 -"Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno." Cf.(Mt 25:46)
Dios quiere que todos se salven y tengan vida eterna. Por eso vino Jesucristo a salvarnos.
Juan 3:16 -"Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna." -Cf. (Jn 6:40)
La vida eterna se recibe por la fe.
Es un don gratuito.
Romanos 6:23 -"Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro."
Pero los que no reciban con fe la gracia divina no tendrán vida eterna.
Juan 3:36 -"El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él.»"
La vida eterna es incompatible con el pecado.
I Juan 3:15 -"Todo el que aborrece a su hermano es un asesino; y sabéis que ningún asesino tiene vida eterna permanente en él."
Cada cual cosechará la vida que siembre.
Gálatas 6:8 -"el que siembre en su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre en el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna."
Dios ofrece la vida eterna a todo pecador que se arrepienta.
I Timoteo 1:16 -"Y si encontré misericordia fue para que en mí primeramente manifestase Jesucristo toda su paciencia y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en él para obtener vida eterna."
Recibimos vida eterna por misericordia de Dios.
Judas 21 -"manteneos en la caridad de Dios, aguardando la misericordia de nuestro Señor Jesucristo para vida eterna."
La vida eterna colma todos nuestros deseos porque es la vida de Dios y para ella fuimos creados.
Juan 4:14 -"pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna.»"
La adquisición de la vida eterna debe ser nuestra prioridad.
Juan 6:27 -"Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.»"
Para tener vida eterna hemos de renunciar a nuestro ego y a todo pecado para atarnos a Cristo.
Juan 12:25 -"El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna." Cf. Rm 6:22
La vida eterna es una conquista.
I Timoteo 6:12 -"Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos."
La vida eterna es Dios habitando en el creyente.
I Juan 5:20 -"Pero sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado inteligencia para que conozcamos al Verdadero. Nosotros estamos en el Verdadero, en su Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la Vida eterna."
La Eucaristía es fuente de vida eterna.
Juan 6:54 -"El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día."
La vida eterna es ser discípulo fiel de Cristo.
Juan 10:28 -"Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano." Cf. Jn 17:2
La vida eterna es conocer, es decir, vivir en comunión profunda con el Padre y el Hijo.
Juan 17:3 -"Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo."
La vida eterna es obediencia al Padre. La obediencia nos une a su voluntad y a su vida. Todo lo que el Padre ordena es bueno y da vida.
Juan 12:50 -"y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.»
La vida eterna es promesa de Dios.
I Juan 2:25 -"y esta es la promesa que él mismo os hizo: la vida eterna."
Debemos colaborar con Dios para que muchos reciban la vida eterna.
Juan 4:36 -"el segador recibe el salario, y recoge fruto para vida eterna, de modo que el sembrador se alegra igual que el segador." Cf. 1 Jn 1:2
Nuestra vida ha de ser testimonio de la vida eterna que está en nosotros.
I Juan 5:11 -"Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo."
El Reino de Dios-

Creyentes de distintas agrupaciones religiosas, suponen el Reino de Dios como uno mundano, donde serían bendecidos con toda clase de bienes y apartados de toda privación.
Por extensión muchos imaginan el Reino de Dios como vida eterna en el mundo material.
Por cierto, debemos cumplir un camino hasta la vida eterna.
Cuando elegimos aceptar en nuestro espíritu el Reino de Dios, estamos en ese camino.
Es en Jesucristo que alcanzamos el verdadero Reino de Dios.
Es el Reino espiritual, que nos hace amar y llamar- ya ahora- a nuestro prójimo anunciando el Evangelio y animándolo a entrar.
En palabras del Padre Vicente Enrique y Tarancón: “Jesucristo había hablado muchas veces del advenimiento del Reino de Dios. En varias parábolas les hablaba de este Reino. Y aquellos judíos que tenían un concepto equivocado del mismo, creían que habría de venir con gran aparato externo y por la fuerza de las armas como los reinos de la tierra. ( ) El Reino de Dios es espiritual; por lo tanto radica en el corazón, esto es, en el interior del hombre. Para pertenecer a él no basta una adhesión meramente externa, sino que es necesaria una adhesión interior. ( ) Dijo Jesús en su conversación con la Samaritana: -Viene la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén, adoraréis al Padre… mas viene la hora, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad –”
Quienes creemos que “Cristo es nuestra santificación”(San Gregorio de Nisa), debemos vivir con fe y obra cristianas.
La Santísima Trinidad hace participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de Amor. El Espíritu Santo.
Jesús dice a sus discípulos: “Id por todo el mundo y proclamad la buena noticia a toda criatura” (Mc 16,15).
La Buena Noticia es nuestra salvación. www.rosario.org
Reproducimos parcialmente un texto- preciso sobre el Reino de Dios- de Juan Luis Lorda, autor de “El fermento de Cristo”, Ed. Rialp, Madrid 2003.
“El Evangelio de San Mateo nos cuenta que, después de su bautismo y de un retiro de cuarenta días en el desierto, Jesucristo comenzó a predicar públicamente: «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado» (Mt 4,17). Y un poco más adelante se lee: «Recorría toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino, y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo».
Por tanto, el centro de la predicación de Jesús de Nazaret es el Reino de Dios.
La palabra griega Evangelio significa exactamente «buena noticia» o «buena nueva». Y la buena noticia es, sencillamente, que el Reino de Dios ha llegado. Es lo que Jesucristo anunció y lo que quiso que se anunciara.
¿En qué consiste el Reino de Dios?
En Israel hay un anhelo de ser de Dios. Aunque, con frecuencia, olvide las exigencias de la Alianza que le une a Dios y las traicione aceptando cultos y costumbres ajenas. A veces, parece incapaz de cumplirlas. Los profetas de Dios se quejan, le reprochan sus infidelidades, le consuelan en los castigos, y, finalmente, anuncian una nueva Alianza, de otro orden mucho más perfecto, que llevará a un nuevo Reino.
Para representarlo, proyectan hacia el futuro- llenándolas de esplendor- las imágenes de la historia e instituciones del viejo Reino de David y Salomón. Sirven como metáfora del nuevo Reino, que será mucho más perfecto y satisfactorio. En el nuevo Reino, Dios mismo reinará. Por eso, se le llama «el Reino de Dios». Sin más intermediarios y sin más infidelidades. Los profetas anuncian que será el Pastor de su pueblo: «Yo mismo -dice el Señor- cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño (...) así velaré yo por mis ovejas» (Ez 34,11; Is 40,9).
Pero ese Reino va a tener varias características nuevas y además, una eficacia universal. No se va a reducir a los límites culturales y geográficos del Israel histórico: va a llegar a todas las naciones. Será una bendición de Dios para todos los pueblos. De este modo, Israel se convierte en el cauce por el que la revelación y la salvación del verdadero Dios llegan a toda la humanidad.
El Reino de Dios según Jesucristo
Jesús de Nazaret rehusó en todo momento ejercer ningún poder civil, no quiso acaudillar una revuelta y no intentó ningún género de negociación para buscarse un lugar en las instituciones existentes. Anunció que había llegado el Reino y que estaba entre los discípulos, pero se limitó a predicarlo.
Para explicar lo que era su Reino, Jesús recurrió a parábolas.
Jesucristo comparó el desarrollo del Reino a una semilla que germina y crece con vida propia y sin hacer violencia (Mt 13,1-9.18-23; Mt 13,33; Mc 4,26-29). También lo comparó al fermento o levadura del pan: «El Reino de Dios es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo» (Mt 13,33).
Según la doctrina de otras parábolas, los siervos del Señor tienen que salir a los caminos a invitar a todos los hombres (Mt 22,1-14). El Reino se difunde al sembrar la Palabra o la Buena Nueva en los corazones; allí da fruto según las disposiciones de cada uno (Mt 13,1823).
El Señor llama a su Reino de muchos modos y en distintas horas de la vida (Mt 20,1-16). Junto a la buena semilla del trigo, en el mundo crece también la cizaña (Mt 13,24-30).
Por eso, la solución definitiva sólo será al final; y hay que estar atentos para cuando el Señor vuelva a pedir cuentas (Mt 25,1-13).
Hemos hablado algo del Reino que predicó Jesús, ahora hablemos del Rey. No lo dijo directamente, pero Jesús dio a entender con claridad que él era el Rey, el Rey-Mesías que esperaban los judíos.
Jesús como Mesías
Según las profecías de Israel, quien debe realizar el Reino es el Mesías.
La palabra aramea Mesías se traduce al griego por «Cristo», y al español, por «Ungido».
Así que «Mesías», «Cristo» o «Ungido» significan exactamente lo mismo.
Esta idea del «ungido» viene de las profecías de Isaías, cuando habla de un futuro salvador: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él. Dictará ley a las naciones» (Is 42,1-6).
Es decir, este personaje es el Mesías porque aparecerá ungido con el Espíritu Santo: «Reposará sobre él el Espíritu de Dios» (Is 11,3).
Jesús no quiso emprender ninguna operación política o militar, como esperaban los que querían ver realizado el Reino de Israel. El único gesto solemne y público de Jesús como Mesías, aparte de los milagros, consistió en la entrada triunfal en Jerusalén. Quiso cumplir la profecía de Zacarías (9,9) que anunciaba que el rey mesiánico tomaría la capital del Reino sin violencia, entrando en la ciudad montado en un pollino.
Jesús no hizo nada para asumir los poderes de la Ciudad Santa, la capital del antiguo Reino de Israel.
Al contrario, para escándalo de los mismos discípulos que se habían entusiasmado, las autoridades judías se confabularon, consiguieron prenderlo y juzgarlo. Y cuando fue llevado a declarar ante el Procurador romano Pilatos, en medio de muchas humillaciones, declaró: «Mi reino no es de este mundo» Gn 18,37).
El doloroso juicio, la condena y la muerte de Jesús, confundieron por completo a sus discípulos. La tremenda paradoja de lo que había sucedido quedó expresada en el infamante cartel que Pilatos hizo poner sobre la cruz: «Este es el Rey de los judíos» (Mt 27,37).
La resurrección de Jesucristo dio un vuelco completo a la situación y confirmó, de manera definitiva, la verdad de su mensaje. Los discípulos reconocieron definitivamente a Jesús como Mesías e Hijo de Dios.
Pero permanecían dudas sobre la naturaleza y el advenimiento de su Reino. Según relatan los Hechos de los Apóstoles, en los primeros reencuentros después de la resurrección, le preguntaron: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el Reino de Dios a Israel?». Y les respondió: «No es cosa vuestra conocer el tiempo y el momento que el Padre ha fijado con su autoridad; al contrario, vosotros recibiréis una fuerza cuando el Espíritu venga sobre vosotros, y de este modo seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,3-8).
Jesús había advertido a sus discípulos, ya antes de su muerte, que el Reino de Dios estaba presente entre ellos (Lc 17,21; 7,18-23). Con su enseñanza, Jesús plantó la semilla del Reino en el corazón de sus discípulos, al transmitirles su Palabra.
Después de su resurrección, en Pentecostés, los ungió o bautizó con su mismo Espíritu Santo, como había predicho el Bautista.
La Palabra viva de Cristo y su Espíritu Santo son la novedad que actúa en el mundo.
Aquel grupo de discípulos reunidos alrededor de los Doce, de Pedro y de María, son el corazón del Reino, como un fermento que ha de crecer en la historia. A través de ellos, se va realizar el Reino de Dios en el mundo, hasta la plenitud final, cuando el Señor vuelva para juzgar a todos los hombres.
La realidad interior del Reino es el mismo Espíritu Santo.
El Señor se lo dio a sus discípulos y desde entonces los reúne con él, formando un vínculo misterioso que es la Iglesia, la comunión de todos los discípulos de Cristo y con Cristo. Una comunión misteriosa y real.
Desde su origen, la Iglesia ha crecido alrededor de su núcleo original (los Apóstoles y primeros discípulos), extendiéndose con el anuncio del Evangelio y el bautismo, e incorporando nuevas personas a esa comunión en el Espíritu, por el espacio y por el tiempo.
Esta Iglesia que ha crecido en la historia, entre las limitaciones de cada época y lugar, no es propiamente el Reino, pero es el germen del Reino.
El Señor espera, mientras el anuncio sigue su curso, porque todavía no se han reunido todos los invitados a la Casa del Padre. La Iglesia tiene que esforzarse todavía en anunciar el Evangelio y animar a todos los hombres a entrar.
El Reino de Dios se tiene que difundir y construir por medio de obras de amor filial a Dios y de verdadera fraternidad entre los hombres. La caridad es el signo del Reino de Dios y muestra cómo será la Casa del Padre, donde se congregarán todos los hombres de buena voluntad.” Juan Luis Lorda.
SANTÍSIMA TRINIDADPor Daniel Iglesias Grézes
extractado de www.feyrazon.org
Nota previa: Este escrito sobre el dogma tinitario está basado en un debate sostenido en un foro de Internet, del cual participé. Soy responsable de la forma definitiva del texto.
Agradezco a quienes participaron en ese debate y los valiosos aportes del Lic. Néstor Martínez y del Pbro. Dr. Miguel Barriola.
TABLA DE CONTENIDOS.
I. El dogma trinitario no es irracional.
II. El dogma trinitario no es antibíblico.
III. El dogma trinitario pertenece a la Divina Revelación.
I. EL DOGMA TRINITARIO NO ES IRRACIONAL.
Objeciones generales contra el dogma católico de la Trinidad:
Es irracional, porque es absurdo pensar que tres seres son uno.
Hay muchos textos bìblicos que lo contradicen.
Es una doctrina meramente humana, sin fundamento bíblico. Ningún texto de la Biblia dice que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios.
Consideremos las tres objeciones generales una a una, comenzando por la primera.
El dogma trinitario sería efectivamente irracional si dijera que tres seres distintos son un mismo ser, o que tres es igual a uno; pero no dice eso, sino que hay una única substancia, esencia o naturaleza divina (un solo Dios) y tres subsistencias, hipóstasis o personas divinas (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo). "Esencia divina" no es sinónimo de "persona divina".
El concepto de "esencia divina" responde a la pregunta "¿Qué es Dios?" Dios es el Ser absoluto, necesario, infinito, perfectísimo, simplicísimo... Estos atributos y otros semejantes pertenecen a la única esencia divina.
En cambio el concepto de "persona divina" responde a la pregunta "¿Quién es Dios?" El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios, pero no son tres dioses, sino un solo Dios.
Las tres personas divinas son lo mismo (Dios), pero lo son de tal modo que no son el mismo: El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, el Hijo no es el Padre ni el Espíritu Santo, el Espíritu Santo no es ni el Hijo ni el Padre.
La única sustancia divina subsiste en tres distintas "subsistencias". Con una expresión un poco audaz, pero en el fondo justificable, podríamos decir que subsiste "de tres maneras distintas", como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Las tres personas divinas tienen todo en común, salvo sus relaciones de origen (o de oposición):
Paternidad: El Padre engendra eternamente al Hijo.
Filiación: El Hijo es engendrado eternamente por el Padre.
Espiración activa: El Padre y el Hijo espiran eternamente el Espíritu
Santo.
Espiración pasiva: El Espíritu Santo es espirado eternamente por el
Padre y el Hijo.
Estas relaciones de origen (salvo la espiración activa, que corresponde a dos personas) constituyen las tres personas divinas. De acuerdo con esto, el Padre se caracteriza también por ser el origen sin origen de las otras dos personas divinas.
La vida íntima de la Trinidad es una incesante danza de amor infinito. El Padre entrega eternamente al Hijo toda su sustancia divina. El Hijo le responde entregándole a su vez todo su ser divino (igual al del Padre). El amor del Padre y del Hijo es fecundo; es la persona-don, el Espíritu Santo.
Es importante notar que el concepto de "persona", aplicado a las personas divinas y a las personas humanas, tiene un sentido analógico, no unívoco. Si pensáramos que en el dogma trinitario la palabra "persona" tiene exactamente el mismo sentido que en el lenguaje moderno, afirmaríamos la existencia de tres individuos divinos, cada uno con su conciencia, su inteligencia y su voluntad separadas y así caeríamos en el absurdo del triteísmo. Por eso hoy es más necesario que nunca que los cristianos no nos limitemos a repetir las formulaciones tradicionales del dogma trinitario, sino que intentemos explicarlas, manteniendo su sentido.
La primera objeción general puede reformularse señalando que la doctrina contradice el principio de “identidad comparada”: Si A es C y B es C, entonces A es B. Si el Padre es Dios y el Hijo es Dios, entonces el Padre es el Hijo y el dogma trinitario es falso.
Esta objeción también es errónea.
Hay tres clases de identidad:
• identidad real pero no conceptual, como entre “un hombre" y "mi padre”;
• identidad conceptual pero no real, como entre "triángulo" y “polígono con tres lados”;
• identidad real y conceptual, como entre "hombre" y "animal racional".
Es evidente que el principio de identidad comparada tiene validez general cuando las tres identidades consideradas son identidades reales y conceptuales y también cuando las tres son sólo conceptuales. En particular el primer caso se presenta cuando A, B y C son tres realidades absolutas. La refutación sería correcta si las frases "el Padre es Dios", "el Hijo es Dios" etc. plantearan identidades entre dos realidades absolutas; pero no es así, porque en Dios hay una única realidad absoluta (la sustancia divina) y tres realidades relativas (las personas divinas, constituidas por sus relaciones opuestas). Si consideráramos a las personas divinas como realidades absolutas, afirmaríamos la existencia, no de la Trinidad, sino de una herética "cuaternidad" en Dios.
Por la revelación sabemos que entre cada una de las personas divinas y la sustancia divina existe identidad real y distinción conceptual y que entre las personas divinas existe distinción real y conceptual (más aún, oposición conceptual).
Ahora bien, no es cierto que el principio de identidad comparada tenga validez general cuando las identidades entre A y C y entre B y C son reales pero no conceptuales.
Podemos dar el siguiente contraejemplo tomado de la filosofía aristotélica: Sea A la acción, B la pasión y C el movimiento. Entre A y C y entre B y C hay identidad real pero no conceptual; pero entre A y B hay distinción real y oposición conceptual.
Por consiguiente no es posible demostrar que el principio de identidad comparada es válido en el caso en cuestión.
Estamos hablando del sublime misterio de Dios. Dios es el misterio absoluto, en última instancia incomprensible. Pero el dogma trinitario (al igual que todos los demás dogmas cristianos) no contiene ni implica ninguna irracionalidad, ninguna contradicción. No obstante este dogma sí es suprarracional, porque no puede ser comprendido plenamente por nuestras inteligencias finitas. Si no fuera así, no se trataría del misterio de Dios.
Expliquemos un poco más qué dice la doctrina cristiana sobre la Trinidad, comparándola con los tres principales errores teológicos en esta materia:
• Un error muy burdo consiste en considerar que las tres personas divinas son tres sustancias divinas diferentes, o sea tres dioses. Este triteísmo es evidentemente contrario a la razón filosófica (que demuestra la unicidad de Dios) y al monoteísmo bíblico.
El cristianismo es una religión tan monoteísta como el judaísmo y el islamismo, pero con una noción de Dios mucho más rica.
• Otro error consiste en considerar que sólo el Padre es Dios, mientras que el Hijo y el Espíritu Santo son criaturas excelsas, pero no divinas en sentido propio. Este subordinacionismo fue sostenido en el siglo IV por herejes como Arrio y Macedonio.
• Un error más sutil consiste en considerar que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres modos de manifestación de Dios en la historia de salvación, pero que al interior de Dios existe una sola persona, el Padre. Este modalismo fue sostenido en el siglo III por Sabelio y otros herejes.
Estos tres grandes errores tienen un origen común: El intento de dominar racionalmente el misterio de Dios lleva a aceptar algunos de sus aspectos y a rechazar otros. Así la teología se vuelve más comprensible, pero se traiciona el misterio de Dios revelado por Cristo.
II. EL DOGMA TRINITARIO NO ES ANTIBÌBLICO.
Acerca del "subordinacionismo", quienes cuestionan el dogma trinitario citan dos textos bíblicos:
• 1 Corintios 8,6: "Para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y para el cual somos; y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por el cual somos nosotros."
Por lo tanto sólo el Padre es Dios. No existe Dios Hijo ni Dios Espíritu Santo. Jesucristo es simplemente "Señor", alguien superior a nosotros, a quien debemos obedecer, pero distinto de Dios.
• Efesios 1,17: "Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación para conocerlo perfectamente."
De este texto se deduce que el Padre es el Dios de Jesús, que Él controla al Espíritu Santo y que la finalidad del don del Espíritu es conocer perfectamente sólo al Padre.
Es conveniente dar un rodeo introductorio antes de responder directamente la segunda objeción/general.
Dios es el Ser infinito e inmutable y por lo tanto el misterio de Dios revelado por Cristo es una verdad infinita e inmutable. Sin embargo los hombres, destinatarios de la Divina Revelación, somos seres finitos y mutables, que se desarrollan en la historia.
Teniendo esto en cuenta, fácilmente se comprenden estas dos cosas:
• Que la autorrevelación de Dios a los hombres en la historia ha debido ocurrir a través de un largo proceso histórico, gradual y progresivo;
• y que, incluso después que la historia de la revelación alcanzó su plenitud objetiva en Cristo, todavía ha de darse en la Iglesia una historia de la comprensión subjetiva de la revelación, un desarrollo de la doctrina cristiana.
Por lo tanto no ha de sorprendernos que en la Tradición de la Iglesia e incluso dentro de la propia Sagrada Escritura podamos comprobar una evolución del dogma y de la teología. Esto representa el cumplimiento de una promesa hecha por Jesús en la Última Cena: El mismo Espíritu Santo recuerda las palabras de Jesús a sus discípulos congregados en la Iglesia, les enseña su verdadero sentido y los guía hasta la verdad completa (cf. Juan 14,26; 16,13).
Teniendo en cuenta esta introducción podremos comprender el hecho de que en el Nuevo Testamento la palabra "Dios" designa generalmente (aunque no siempre) al Padre y que, sin embargo, esto no implica en modo alguno negar la divinidad del Hijo y del Espíritu Santo. Como veremos en la respuesta a la tercera objeción, hay muchas excelentes razones para afirmar que la doctrina trinitaria está contenida implícitamente en la Divina Revelación transmitida por escrito en la Biblia y que por lo tanto la formulación explícita del dogma trinitario no es una corrupción sino un desarrollo auténtico de la doctrina cristiana.
En 1 Corintios 8,6 (como en muchísimos otros pasajes del Nuevo Testamento) Jesucristo es llamado "Señor", un título que indica claramente su carácter divino. El equivalente hebreo del griego "Kyrios" (Señor) es "Adonai", la palabra que utilizaban los judíos, al leer las Escrituras, para sustituir el tetragrama sagrado (YHWH), el impronunciable nombre de Dios.
Nuestro texto designa a Jesús como el único Señor, dando a entender que su señorío no es el de un "señor" cualquiera, sino la ilimitada soberanía del único Dios. Esta interpretación, que resulta obligatoria cuando se considera el Nuevo Testamento en su conjunto, es reforzada aquí por el paralelismo planteado entre la relación del Padre con el mundo y los hombres y la relación del Hijo con el mundo y los hombres.
En cuanto a Efesios 1,17, el dogma de la Encarnación permite sostener que, aunque el Padre sea el Dios de Jesucristo (el Hijo de Dios encarnado), el Hijo es Dios como el Padre (consustancial al Padre). Las afirmaciones sobre el Espíritu Santo no se pueden inferir con certeza a partir de este texto.
Como cuestionamientos se citan varios textos bíblicos intentando probar que el Hijo no es Dios:
• Proverbios 8,22: "Yahveh me creó, primicia de su camino, antes que sus obras más antiguas."
Quien habla aquí es la Sabiduría de Dios. Según 1 Corintios 1,24 Cristo es la Sabiduría de Dios. Por lo tanto Cristo fue creado y no puede ser Dios.
• 1 Corintios 15,28: "Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que ha sometido a él todas las cosas, para que Dios sea todo en todo."
Según Salmos 110,1 el que somete al Mesías todas las cosas es Yahveh. Por lo tanto el Hijo se somete a Yahveh. Esto implica que el Hijo no es Dios.
• Colosenses 1,16: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él"
Este texto dice que todas las cosas fueron hechas por medio de Cristo. Por lo tanto Cristo fue el último ser creado directamente por Dios.
• Apocalipsis 3,14: "Al Ángel de la Iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios."
Aquí Jesús dice que él fue el primer ser creado. Por lo tanto Jesús no es Dios.
Para refutar estos cuestionamientos, consideremos en primer lugar la cita del libro de los Proverbios. Lo que hemos dicho acerca del carácter gradual y progresivo de la revelación nos permite comprender el hecho de que en el Antiguo Testamento no haya una abierta revelación del misterio de Dios uno y trino sino nada más que indicios de dicho misterio, que sólo pueden ser apreciados como tales a la luz del Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento presenta a Dios como el misterio absoluto, que sin embargo se automanifiesta por medio de su "Palabra" y de su "Espíritu". La revelación del Nuevo Testamento nos permite identificar estas dos "mediaciones" con las personas divinas del Hijo y del Espíritu Santo, respectivamente.
La "Sabiduría" es otro de los atributos divinos que en algunos pasajes del Antiguo Testamente aparecen personificados, insinuando la doctrina de la Trinidad. Así ocurre por ejemplo en Proverbios 8,22. Sin embargo, no es correcto utilizar en forma anacrónica y acomodaticia este versículo como prueba decisiva de que el Hijo de Dios es una criatura. Con igual (falta de) derecho se podría usar otros dos versículos del mismo capítulo (Proverbios 8,24-25) para demostrar que el Hijo fue engendrado, no creado. El sentido literal de estos textos no se refiere a la procesión de la segunda persona de la Trinidad.
Pasando ahora a las citas del Nuevo Testamento, hacemos dos comentarios de orden general:
En primer lugar, los argumentos están basados en textos en los cuales Dios aparece como el Dios de Jesús. En este sentido, Jesús oraba a su Padre Dios.
La refutación de estos argumentos es relativamente simple si se toma en cuenta el dogma de la Encarnación. Las objeciones serían válidas si se refutara a monofisitas (herejes que negaban la naturaleza humana de Cristo y creían que Él tenía una sola naturaleza, la naturaleza divina).
Pero los católicos (y todos los verdaderos cristianos) creemos que Cristo es una sola persona (el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, persona divina) con dos naturalezas reales y completas, humana y divina, sin mezcla ni confusión, sin división ni separación (como dice la fórmula dogmática del Concilio de Calcedonia, del año 451).
Es decir que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. En la Encarnación el Hijo se hace hombre sin dejar de ser Dios.
A la única persona que recibe los nombres de Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Señor etc. se le pueden aplicar tanto las propiedades que corresponden a su naturaleza divina como las que corresponden a su naturaleza humana. Esto se denomina en el lenguaje teológico "comunicación de idiomas" (hoy se podría hablar de "comunión de propiedades").
Por esto podemos decir por ejemplo que el hombre Jesús hizo milagros (algo que sólo Dios puede hacer) o que, en Cristo, Dios murió en la cruz (algo que sólo le puede pasar al hombre); también por esto podemos decir, con el Concilio de Éfeso (del año 431), que María es la Madre de Dios, puesto que es la Madre (según la generación humana) de Uno que es personalmente Dios.
Todo esto permite comprender que haya en el Nuevo Testamento algunos textos que aparentemente sugieren una subordinación del Hijo al Padre, mientras que otros manifiestan la igualdad del Padre y el Hijo. En unos casos se considera el punto de vista de la humanidad de Jesús y en otros casos se considera el punto de vista de su divinidad. Ambos enfoques son complementarios, no contradictorios.
En segundo lugar, el hecho de que las tres personas divinas posean en común todos los atributos de la divinidad y reciban una misma adoración y gloria no implica que ellas sean intercambiables, por así decir. De lo que hemos dicho sobre las relaciones de origen surge que hay un orden en la Trinidad: El Hijo procede del Padre por generación y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por espiración. Así pues, el Padre es la primera persona de la Trinidad, el Hijo la segunda y el Espíritu Santo la tercera. Según la fe cristiana, el don de Dios en la historia de la salvación viene del Padre por el Hijo en el Espíritu Santo y conduce en el Espíritu Santo por Cristo al Padre.
Volviendo ahora a 1 Corintios 15,28, vemos que el Hijo sale del Padre y vuelve al Padre, pero vuelve trayendo consigo la humanidad redimida, habiendo cumplido su misión de reconciliar al mundo con Dios.
La herejía llamada "nestorianismo" (enseñada por Nestorio en el siglo V), supone la divisiòn de Jesús en dos sujetos o personas, una de naturaleza humana y otra de naturaleza divina. El dogma católico de la Encarnación establece que Jesucristo es una sola persona (divina) con dos naturalezas (humana y divina).
Además, los católicos creemos que la encarnación del Hijo de Dios no fue provisional. Él asumió la naturaleza humana para siempre. Jesucristo no sólo fue verdadero Dios y verdadero hombre durante su vida terrena sino que lo es también hoy. En su resurrección, Cristo no dejó de ser hombre; sigue siendo un hombre con cuerpo y alma, pero ahora es un hombre exaltado, que vive unido al Padre en el seno de la Trinidad. Ahora mismo Jesús, un hombre verdadero, reina glorificado en el abrazo del Padre, en la perfecta felicidad del cielo.
EL DOGMA TRINITARIO PERTENECE A LA DIVINA REVELACION.
Tercera objeción general:
Ningún texto de la Biblia enseña el dogma trinitario, de lo cual se deduce que éste es una mera invención humana.
Antes de responder la tercera objeción, queremos destacar que:
• El Hijo es verdaderamente un ser divino. Su esencia es la esencia divina y por lo tanto es Dios. La idea de un "ser divino distinto de Dios" es autocontradictoria.
• El Espíritu Santo es verdaderamente el Espíritu de Dios; entonces no puede ser una fuerza impersonal. Toda persona es espíritu y todo espíritu es persona. La idea de un "espíritu impersonal" es autocontradictoria.
• Para esta respuesta damos por aceptadas como verdades, la verdad de la Biblia en general y las de la unicidad de Dios y la divinidad del Padre en particular.
• Demostraremos con base en la Sagrada Escritura que Dios se manifiesta en la historia de salvación como Padre, Hijo y Espíritu Santo.
• Concluiremos que Dios es en sí mismo Padre, Hijo y Espíritu Santo.
El Nuevo Testamento contiene bastantes fórmulas trinitarias. Nos basamos particularmente en dos de ellas:
• Mateo 28,19: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
• 2 Corintios 13,13: "La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros."
El primer texto que citamos es el final del Evangelio de Mateo. Cristo resucitado manda a sus discípulos ir por todo el mundo, predicar el evangelio a todos los pueblos y bautizarlos "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo".
Es inconcebible que en este final solemne, en esta fórmula que enseguida empezó a ser utilizada en la liturgia bautismal, se haya asociado a Dios con dos simples creaturas (como si dijéramos, en el nombre de Dios, de San Pedro y de San Pablo).
Es claro que esta fórmula bautismal ubica al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en el mismo nivel. Los tres (evidentemente distintos entre sí) pertenecen igualmente a la realidad de Dios.
El segundo texto que citamos es el final de 2 Corintios.
Este solemne saludo paulino es semejante al texto anterior, puesto que sitúa en un mismo nivel (dentro de la realidad de Dios) los dones de las tres personas divinas: Dios (el Padre), el Señor Jesucristo (Dios Hijo) y el Espíritu Santo. Destaco que esta hermosa oración a la Trinidad es rezada en cada Santa Misa por el celebrante.
Es cierto que en la Biblia no figura explícitamente que el Padre, el Hijo y el Espìritu Santo son un solo Dios. La cita que suelen aducir algunos grupos protestantes fundamentalistas (1 Juan 5,7-8) no corresponde al texto auténtico, puesto que la mención de la Trinidad proviene de una interpolación tardía.
Pero también es cierto que esa proposición está contenida implícitamente en la Biblia. Hemos visto ya que en la revelación bíblica aparecen tres "personas" vinculadas a la realidad de Dios. No cabe ninguna duda de que el Padre es Dios. Probaremos ahora a partir del Nuevo Testamento que el Hijo es Dios y más adelante que el Espíritu Santo es Dios.
Con respecto a la divinidad de Jesucristo, hay muchas formas de mostrar que está implícita en todo el Nuevo Testamento:
Un enfoque muy eficiente, que no es necesario desarrollar aquí, surge de considerar que la resurrección de Jesús confirmó con testimonio divino su pretensión, corroborada también por sus obras y palabras, de ser el portador absoluto de la salvación (o "Reino de Dios") y de ser igual a Dios.
Otro enfoque importante es el centrado en los milagros de Jesús: También éstos proporcionan una perspectiva privilegiada para reconocer su divinidad.
Seguiremos el camino de la prueba escriturística directa: Si la Biblia enseña siempre la verdad y si enseña que el Hijo es Dios, entonces verdaderamente el Hijo es Dios.
Para no extendernos demasiado, mencionaremos sólo siete textos que explicitan claramente que el Hijo es Dios:
• Juan 1,1: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios."
• Juan 20,28: "Tomás le contestó: `Señor mío y Dios mío´."
• Romanos 9,5: "y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén."
• Filipenses 2,5-11: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre."
• Tito 2,13: "aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo".
• Hebreos 1,8: "Pero del Hijo: `Tu trono, ¡oh Dios!, por los siglos de los siglos´"
• Apocalipsis 1,8: "Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que va a venir´, el Todopoderoso."
Estas evidencias frecuentemente son cuestionadas como sigue:
Ninguno de esos siete textos prueba que el Hijo sea Dios.
• (Juan 1,1): "la Palabra era Dios" es una mala traducción. La traducción correcta es "la Palabra era divina" o "la Palabra era un ser divino".
• (Juan 20,28): "Señor mío" se refiere a Jesús y "Dios mío" se refiere a Dios (el Padre).
• (Romanos 9,5): "Dios bendito por los siglos" no se refiere a Cristo, sino a Dios (el Padre).
• (Filipenses 2,5-11): Este texto dice que Jesús tenía "forma" de Dios, no que fuera Dios.
• (Tito 2,13): La expresión "del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo" es una mala traducción. La traducción correcta, según Pablo Bessom, es: "del gran Dios y del Salvador nuestro, Jesucristo". Hay aquí (como en Tito 1,4 y otros textos bíblicos) una distinción entre "Dios" y "el Salvador".
• (Hebreos 1,8): La expresión "Tu trono, ¡oh Dios!" es una mala traducción.
La traducción correcta, según Wescott, es "Tu trono está en Dios". Hay aquí (como en Hebreos 1,9 y otros textos bíblicos) una distinción entre "Dios" y "el Hijo".
• (Apocalipsis 1,8): Quien habla aquí no es Jesús sino, como dice el mismo texto, "el Señor Dios" (Yahveh, es decir el Padre).
Refutación de estos últimos argumentos:
En tres de los siete casos se propone una nueva traducción y en los restantes cuatro casos una nueva interpretación del texto sagrado.
En lo que respecta a las traducciones, hay un amplio consenso entre los expertos acerca de que varias sectas han introducido numerosas adulteraciones y tergiversaciones del texto bíblico, para tratar de ocultar las discordancias entre éste y las doctrinas sectarias.
Nos concentraremos en un problema de traducción (el texto de Juan 1, la afirmación más directa de la divinidad del Hijo) y un problema de exégesis (el texto de Filipenses, el más expresivo acerca de nuestro tema). Estos dos textos bastan y sobran para probar la divinidad del Hijo.
Veamos primero Filipenses 2,5-11. Este texto magnífico, que sintetiza todo el misterio de Cristo, contiene un himno que muy probablemente es anterior a la obra escrita de San Pablo. Aquí se enuncian claramente, además de la preexistencia y la encarnación del Hijo, las siguientes afirmaciones:
1) Que Cristo es de condición divina (es decir, que es Dios).
2) Que Cristo es igual a Dios (el Padre); por lo tanto Cristo es Dios como el Padre (no otro Dios sino el mismo Dios).
3) Que Dios (el Padre) concedió a Cristo "el Nombre que está sobre todo nombre" (el santo e inefable nombre de Dios); por ende, Cristo es Dios.
4) Que toda rodilla se debe doblar ante Cristo y toda lengua debe confesar que Él es el Señor (Dios). Las alusiones a Isaías 45,23 ("toda rodilla se doble", "y toda lengua confiese"), donde lo mismo se dice de Yahveh), subrayan aún más el carácter divino (de por sí evidente en este contexto) del título "Señor".
En oposición al dogma trinitario se sostiene que:
• Los textos citados prueban que Jesucristo tiene naturaleza divina, pero no que es Dios. Según 2 Pedro 1,4, cuando nosotros aprendemos de Dios también nos hacemos "partícipes de la naturaleza divina". Si nosotros, que no somos Dios, tenemos naturaleza divina, el hecho de que Jesús tenga naturaleza divina no prueba que sea Dios.
• Si Jesús era igual a Dios, entonces ¿por qué dice el texto bíblico que su forma de Dios no era algo de lo quisiera apoderarse? Si Jesús era Dios, entonces nunca siquiera debió querer serlo, porque ya lo era.
• Filipenses 2,9 dice "Por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre". Si Jesús es Dios, entonces ¿por qué necesita que lo exalten? Dios lo exaltó, pero por debajo de Sí mismo. Aunque Dios dio a Jesús un nombre que está sobre todo otro nombre, no se dice que este nombre esté sobre el nombre de Dios.
• Todos los títulos aplicados por la Biblia a Jesucristo también se aplican a otras personas que no son Dios. Por ejemplo, a Nabucodonosor se le llamó "rey de reyes" (Daniel 2,37) y aunque este título es muy importante, Nabucodonosor no es Dios. Lo mismo vale para el título "Señor".
• Según los eruditos, la traducción correcta de Juan 1,1 es: "En el principio era la Palabra y la Palabra era hacia el Dios y la Palabra era un ser divino".
• El "Dios" con quien está la Palabra es "tòn Theón" ("el Dios", con artículo).
• El "dios" que es la Palabra es "theòs" ("dios", sin artículo).
• Como este último "theòs" no tiene artículo determinado, entonces resulta que el "Logos" (la Palabra) no es "Theòs", sino que tiene cualidades de "theòs". Es un ser divino, pero no es Dios.
Reiteramos que ser de naturaleza divina es ser Dios:
2 Pedro 1,4 y la subsiguiente teología cristiana utilizan el concepto de "participación" en el sentido preciso que este término tenía en la antigua filosofía griega. Por ello es necesario distinguir entre "ser" de naturaleza divina y "participar" de la naturaleza divina. Ser de naturaleza divina es idéntico a ser Dios. En cambio, decir que el cristiano "participa" de la naturaleza divina significa que, por un don libérrimo y gratuito de Dios, de un modo oculto ya en la tierra y de un modo manifiesto en el cielo, él puede conocer y amar como Dios conoce y ama, sin dejar de ser una creatura de Dios. En la óptica cristiana (muy distinta de la panteísta) la unión mística del ser humano con Dios no anula la infinita diferencia existente entre ambos.
Filipenses 2,6 dice que Cristo, "siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios". Es decir que, a pesar de ser de naturaleza divina (o sea, de ser Dios), el Hijo renunció a manifestar visiblemente su igualdad con Dios al asumir la naturaleza humana en la Encarnación.
Filipenses 2,9 obviamente no dice que el Nombre de Jesús está sobre el Nombre de Dios. Esto sería totalmente absurdo. Lo que dice es que Dios "le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre". Es evidente que este Nombre es el Nombre de Dios, no un nombre por encima del Nombre de Dios. Decir que "el Nombre que está sobre todo nombre" está debajo del nombre de Dios, es exactamente lo contrario de lo que dice el texto bíblico.
No podemos admitir que la tesis sobre otra traducción de Juan 1,1 se apoye en la autoridad de "los eruditos".
La inmensa mayoría de los eruditos, a lo largo de dos milenios, a pesar de sus diversas tendencias religiosas y filosóficas, ha apoyado la traducción tradicional, que es una clara afirmación de la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios Padre.
Nuestro versículo no presenta ningún problema de crítica textual, por lo cual cualquier discusión se reduce estrictamente a un simple problema de traducción.
El texto original griego de todo el capítulo 1 de Juan se puede consultar en:
http://www-users.cs.york.ac.uk/~fisher/cgi-bin/gnt?id=0401
Entre los miles de manuscritos antiguos del Nuevo Testamento que se conservan no figura ninguna variante del texto griego de Juan 1,1. Esto se puede comprobar en cualquier buscador de Internet utilizando las palabras clave "Greek New Testament Critical Edition" u otras semejantes, lo cual da como resultado un material abundantísimo.
Con todo refutamos la tesis sobre la traducción del texto original.
Mostraremos que otras traducciones, del prólogo del Evangelio de Juan, no son coherentes con esa tesis;
• dando un argumento de tipo histórico-teológico; y
• consultando a un experto en griego bíblico.
Consideremos la coherencia interna de la tesis. Es importante notar que dentro del mismo prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) se nombra a Dios sin artículo otras cuatro veces (1):
• 1,6: "Hubo un hombre, enviado de Dios, de nombre Juan": "ápestalménos parà Theoû".
• 1,12: "A los que lo recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios": "tékna Theoû genésthai".
• 1,13: "Sino de Dios, son nacidos": "ek Theoû égennéthesan".
• 1,18: "A Dios nadie lo vio nunca": "Theòn oúdeìs èóraken pópote".
Ahora bien, las ediciones- del Nuevo Testamento- de sectas que propician esa tesis, emplean en estas cuatro ocasiones la palabra "Dios", lo cual es correcto pero incompatible con la tesis. Es evidente que el empleo del principio de traducción, es una invención ad hoc para acomodar el texto de Juan 1,1 a otras doctrinas.
Consideremos ahora un segundo argumento. El prólogo del Evangelio de Juan termina en Juan 1,18: "A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado." Sin embargo en la tradición de los manuscritos antiguos existe una variante: En algunos manuscritos se lee "un Dios Hijo único" en lugar de "el Hijo único". Pues he aquí que el texto griego que indiqué concuerda con esa versión minoritaria: Allí se lee, en el versículo 18, "monogenès Theòs".
Los dos textos expresan con distintas palabras una de las creencias básicas de la comunidad cristiana primitiva.
Consideremos finalmente la opinión de un Doctor en Sagrada Escritura. Demuestra la falsedad de la traducción de Juan 1. 1 que aprueban algunos supuestos eruditos (2).
En conclusión: Si bien es cierto que por lo común la palabra "Theòs" en el Nuevo Testamento designa al Padre, es también claro que Juan 1,1 es una de las excepciones. Evidentemente Juan 1,1 no puede significar que el Hijo es el Padre, sino que el Hijo es Dios como el Padre (un mismo Dios, no un segundo Dios).
No es como en Salmo 82, 6, en el cual el salmista equipara a los príncipes y jueces de Israel con los miembros de la corte celestial, y en este contexto, en la Palabra de Dios: “¡Vosotros, dioses sois, todos vosotros, hijos del Altísimo!” ‘Mas ahora, como el hombre moriréis, como uno solo caeréis, príncipes’.
El texto de Juan 1,1, identifica, de la manera más formal posible, a la Palabra (el Hijo) con Dios.
Ahora, sobre la divinidad del Espíritu Santo, decimos que:
• Su divinidad se manifiesta, por ejemplo, en 1 Corintios 2,10: "el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios" (esto es algo que sólo Dios puede hacer).
• Su personalidad se manifiesta en Hechos 15,28: "Que hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables" (los entes impersonales no pueden tomar decisiones).
• Él es el "otro Paráclito" enviado por el Padre (cf. Juan 14,16). Si el primer Paráclito (el Hijo) es una persona divina, como está demostrado, el segundo también lo es.
En conclusión:
Dios se manifiesta en la historia de salvación como Padre, Hijo y Espíritu Santo (tres personas divinas y un solo Dios vivo y verdadero). Esto implica necesariamente que Dios es en Sí mismo Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque de lo contrario no habría verdadera autorrevelación y autocomunicación de Dios al hombre.
Inversamente, si Dios, que es eternamente Padre, Hijo y Espíritu Santo, decide libremente manifestarse en la historia, necesariamente debe manifestarse como lo que Él es en Sí mismo: El Dios unitrino.
El dogma de la Santísima Trinidad pertenece a la revelación de Dios en Cristo. Si alguien no cree en la Trinidad (ni en la Encarnación) no es cristiano.
Daniel Iglesias Grézes
Notas:
1) Por razones prácticas citamos el texto griego en caracteres latinos. Los lectores pueden cotejar estas citas con el verdadero texto griego (en caracteres griegos) en el sitio indicado más arriba.
2) Reproducimos una nota del Pbro. Dr. Miguel A. Barriola, de fecha 27/02/2003:
Estimado amigo:
Algunos grupos sectarios, lo único que persiguen es mantener, cueste lo que cueste, sus propios modos de interpretar. En anteriores presentaciones de "su" Biblia traducían "La Palabra era «un» Dios”, con tal de escapar a la versión más obvia: "era Dios".
Querían fundamentarla científicamente, basados en el (supuesto) uso de la lengua griega. Al faltar el artículo para el sustantivo "Theós" (cosa que no acontecía en la primera vez: "prós ton Theón" (el Verbo se dirigía hacia el Dios), interpretan esa omisión como una variación en el segundo empleo del término (Theós).
Ahora, en esta nueva traducción llegan a adjetivizar un claro sustantivo en el texto original (la Palabra era divina).
Pero el hecho es que el Lógos no es llamado "théios" (= divino), con un adjetivo, ni "Théos tis" (=un dios), en sentido helenístico, sino: Dios, simplemente, un sustantivo.
Se ha de aclarar que el predicado, por lo general, no va acompañado de artículo. Si se dice: "Simón es pescador", se quiere expresar que el sujeto pertenece a la categoría de los que ejercen ese oficio. Él no lo agota ni acapara. En cambio, si se desea dar énfasis, expresando, por ejemplo: "Juan es ho Theólogos" (= "el" teólogo), el atributo articulado indica algo especial, descollante en el género. Se trata de un "teólogo por excelencia".
Así la pregunta de Pilato: "¿tú eres rey? (Jn 18,37) está indagando sobre la condición que Jesús diría compartir con otros monarcas. En cambio, en Jn 19,19: "Jesús ho nazaráios, ho basiléus ton ioudáion" (= el nazareno, el rey de los judíos), los artículos que preceden a los atributos están señalando que se trata de un personaje bien determinado y único.
En el mismo Prólogo tenemos un atributo con artículo, pero que, justamente destaca la singularidad total, fuera de serie, inigualable del sujeto al que se le endosa: (1, 9): Én tó fós tó alethinón (“era la luz, la verdadera”); no cualquier tipo de luz, sino la única auténtica. (Por otra parte, en igual sentido, sólo que con una negación, el v. 8° había descartado que el Bautista fuera “la” luz).
En 1, 1, la omisión del artículo ante el sustantivo "Theós", por consiguiente, quiere decir que la Palabra pertenece a la categoría de Dios, es Dios. Lo cual, evidentemente no hay que entenderlo al modo de "género - individuo", porque otros lugares bíblicos aportan las precisiones sobre el único Dios, con el cual, sin embargo, se identifican tres personas distintas, que ni lo dividen ni lo multiplican en un politeísmo.
El mismo contexto se opone a comprender "Theós" sin artículo bajo una luz diferente, pues, según un procedimiento muy semítico, la segunda y tercera proposiciones del versículo comienzan por la palabra última de la frase precedente:
"En el principio era el Lógos
y el Lógos estaba dirigido a Dios
y Dios (atributo) era el Lógos".
Esa repetición de la palabra final implica la utilización del mismo sentido las dos veces.
De lo contrario el autor (sin avisar nada de cambios de sentido a su lector) sembraría la confusión.
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